Profetas en los Últimos Días

Discurso pronunciado por el Presidente Joseph F. Smith en una Conferencia de la Estaca Weber el 18 de Octubre de 1896:

Todos estamos familiarizados con la historia de nuestro Salvador como se hace constar en el Nuevo Testamento; que nació de una virgen, que creció en medio de Sus hermanos hasta que se hizo hombre, y las cosas maravillosas que hizo incluso en Su niñez por el poder de Su unción y de Su misión; que enseñó a los intérpretes de la ley y a los doctores de la ley en la sinagoga y en el templo, y que confundió a los que procuraban hacerle ofensor por una palabra.  Todos conocemos el poder que puso de manifiesto al sanar al enfermo, al restaurar la vista al ciego y al hacer oír al sordo, al limpiar al leproso y hacer al cojo saltar de alegría.

Todos estamos familiarizados con lo que Él enseñó; y siempre he pensado que no hace falta más prueba de la divinidad de Jesucristo que la doctrina que Él enseñó de que los hombres deben amar a los que los ultrajan y los que persiguen, y que deben devolver bien por mal.  Hasta la época de Jesucristo, la doctrina que se enseñaba en el mundo era “ojo por ojo, y diente por diente” (Mateo 5:39).  Ese era el razonamiento de aquel tiempo; pero Jesús enseñó lo diametralmente opuesto a eso.  Él amonestó a Sus discípulos a no devolver a nadie mal por mal, sino a devolver bien por mal; “…a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39).  Esta doctrina era nueva para el mundo.  Es una doctrina que no está de acuerdo con el estado caído del hombre… Por consiguiente, no proviene del hombre.  Los hombres no podrían enseñar esa doctrina y llevarla a cabo en sus vidas sin inspiración y poder de lo alto.

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
“Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación”.
“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.  (Mateo 5:3-6)

Jose F Smith mormon

Lean el Sermón del Monte (Mateo 5-7) y entonces pregúntense si no contiene mucho más de todo lo enseñado por el hombre. Confirma mi creencia de que Jesús no era solamente un hombre, sino que Él era Dios manifestado en la carne.  Es la doctrina de la vida eterna, por la cual, si el hombre ha de vivir, no morirá jamás; por la que si él anda, andará por senderos agradables; y por la que si él es obediente, conocerá la verdad, y la verdad lo hará libre.

Entonces llegamos al día en que fue sentenciado, cuando uno de los que él había escogido para que fuese apóstol y testigo de Él se volvió traidor y entregó al Señor a Sus enemigos.  Llegaron con espadas y palos para aprehender al hombre de paz, al hombre que prohibió la violencia, que nunca había levantado la voz ni la mano en contra del inocente ni del bueno, ni contra ningún hombre, sino sólo contra las prácticas inicuas y los hechos malos de ellos; llegaron para prenderlo y hacerlo pasar por un juicio de escarnio, para hallar una manera de condenarlo a muerte.

En una ocasión en la que había estado enseñando a la gente esos principios rectos y testificando que Él era el Hijo de Dios, ellos tomaron piedras para apedrearle.  Jesús les respondió: “Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? (Juan 10:32).  Él ninguna obra mala había hecho entre ellos; todo lo que había hecho era bueno; y, no obstante, procuraron matarle.  Cuando Pedro, indignado, sacó su espada y le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote, Jesús lo reprendió y le dijo: “Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52).  En medio del juicio que le hicieron para sentenciarlo, cuando le escarnecieron, lo golpearon, pusieron sobre Su cabeza una corona de espinas y le injuriaron, Él no devolvió las injurias, sino que con mansedumbre se sometió a Su suerte y padeció lo que Dios permitió que los malvados le infligieran.

Se halló en circunstancias en las cuales la doctrina que enseñaba podía ponerse a prueba y, en todo demostró la autenticidad de Sus enseñanzas.  Aun en medio de Su padecimiento en la cruz, clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Pregunto: ¿es cierto esto? Si es cierto, entonces afirmo que ningún hombre podría pronunciar tales palabras en un momento como ése; eran necesarios el poder y el espíritu, el amor, la misericordia, la caridad y el perdón de Dios mismo.  Les doy mi testimonio de que un Ser que pudo pedir a Dios que perdonara a los hombres de los que había recibido tan inmerecida crueldad, no es nada menos que Dios.  Si no existiera ninguna otra prueba aparte de ésta de la misión divina de Jesucristo, esto solo me convencería a mí de que Jesús fue el Redentor del mundo.  Él enseñó y ejemplificó en Su vida los mismísimos principios que redimirán al mundo…

Tomado del discurso: La vida y las enseñanzas del Salvador son prueba de Su divinidad, cap 1.

One Response to “Discurso Joseph F Smith”

  1. maria asunta meza guillen dice:

    muy hermoso el discurso por un siervo muy especial del Señor la vida ejemplar del Salvador nos conmueve y en mi vida personal lo ha sido ylo seguirá siendo,sus cualidades divinas, su infinito amor,sus milagros que deben haber sido cientos de miles, su vida impecable, el estar dispuesto por voluntad propia el dar su vida por nosotros para redimirnos conmuevan mi alma y me hace sentir muy en deuda con mi Señor.

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